lunes, 18 de marzo de 2013

Bajo la lluvia. Visual Poética. LVR Ediciones.


La pequeña editorial madrileña LVR Ediciones ha inaugurado la serie Visual Poética con una obra en la que se dan la mano poesía e imagen. Se encarga de la primera el poeta barcelonés Jorge Sánchez y de la segunda el fotógrafo madrileño (también poeta) José Naveiras García. El título es el mismo que Jorge asignó a su blog: Bajo la lluvia. El formato es ciertamente atractivo y la edición más que esmerada.

 
La nota de prensa de la propia editorial duda entre considerar Bajo la lluvia un “poemario ilustrado” o un “álbum lírico” y habla con tino de la feliz compañía del “decir” y la fotografía. Lo cierto es que, pensemos en uno u otro concepto, estamos ante una creación singular en la que lo visual complementa y añade matices a una poesía sugerente, personal, limpia, de entrada fácil y denso, largo y concentrado retrogusto.

 
(…)

Nerviosa mezcla de identidad y diferencia:

lo mismo se entrelaza con lo otro

sin disolverse en una pura diferencia

de la que no se podría hablar.

(…)

 

Bajo la lluvia puede adquirirse aquí.

 

Cavalleria Rusticana y El Padrino III.

 
 
 
 
Pietro Mascagni es el autor de Cavalleria Rusticana (1890), claro ejemplo del verismo de finales del XIX, un movimiento que pretendía acercar la ópera al pueblo y reflejar con realismo (en italiano vero significa verdadero) las distintas situaciones sin idealizaciones románticas. Cavalleria Rusticana nos sitúa en Sicilia a finales del XIX, presentándonos un trágico triángulo amoroso con dos mujeres enamoradas de un mismo hombre. El intermezzo, que formaba parte de la ópera, con el tiempo, se independizó, convirtiéndose enseguida en una de las piezas más populares y más interpretadas en concierto. Dentro del argumento de la ópera, el intermezzo coincide con la proclamación de venganza de Alfio (marido) contra Turiddu (amante), con todo el pueblo en la iglesia y la plaza vacía.
 
 
 
El gran Francis Ford Coppola aprovecha esta obra para cerrar su genial trilogía sobre la familia Corleone en El Padrino III de una forma magistral. La trama vaticana se complementa con la representación de Cavalleria Rusticana en Palermo, donde el hijo de Michael (Pacino), Anthony, interpreta el papel protagonista: el del amante Turiddu, con su familia presenciando la representación en el palco.
 
Mientras suena la ópera (Vincent Mancini, hijo de Sonny Corleone, ha ordenado que dos guardaespaldas estén de guardia durante el espectáculo para evitar el asesinato de su tío), se suceden las muertes y los ajustes de cuentas, tanto dentro como fuera de la Casa de la Ópera de Sicilia (Connie envenena a Don Altobello con una caja con dulces, el Arzobispo Gilday es asesinado en su iglesia -antes, había envenado al nuevo Papa con una taza de té envenenada-, Lucchesi, el director de la junta de Inmobilaire, es apuñalado con sus gafas y el banquero suizo Kienzig asfixiado y colgado en el balcón de su oficina) hasta que el programado asesinato de Michael sufre un inesperado cambio en el guión y es Mary, su hija, la que recibe el tiro del sicario, disfrazado de sacerdote, contratado por Don Altobello, a la salida del teatro, en la escalinata. Entonces escuchamos el intermezzo, que acompaña el desgarrador momento en el que Kay (Diane Keaton) abraza a su hija muerta y Michael intenta exteriorizar su pesar sin conseguirlo hasta que, por fin, un grito de dolor emerge de su garganta, el dolor de un padre que ve cómo todo lo que ha conseguido se queda en nada ante un desenlace que nadie habría imaginado, en una interpretación sublime y conmovedora. Tras esto, varios flashbacks, siempre con el intermezzo de fondo, nos recuerdan momentos anteriores en la vida de Michael: el baile con su hija durante la fiesta, con Kay después del bautizo de su hijo, con Apollonia en Sicilia…hasta que vemos a un anciano Michael Corleone muere, sentado, en el jardín de la casa de Don Tomassino.
 
 
 

viernes, 8 de marzo de 2013

No piense Menguilla ya


NO PIENSE MENGUILLA YA

(Música de José Marín)

 
No piense Menguilla ya

Que me muero por sus ojos

Que he sido bobo hasta aquí

Y no quiero ser más bobo
 

Para qué es buena una niña

Tan mal hallada entre pocos

Que no está bien con el fénix,

Porque le han dicho que es solo
 

Oh, qué lindo modo

Para que la dejen

Unos por otros

 
El mal gusto de Menguilla

Es una casa de locos

El tema manda al deseo

Vaya la razón al rollo
 

Mucho abandona lo vano

Si poco estima lo hermoso

La que por ser familiar

No repara en ser demonio
 

Oh, qué lindo modo….

Yo no he de querer en bulla

Que es una fiesta de toros

 
Donde a silbos se condena

Quien piensa ser más dichoso

Desigualdad y capricho

No deja el manco ni cojo

Porque a cuenta de lo lindo

No admite lo licencioso

Oh, qué lindo….

 
“José Marín, personaje ambiguo y fascinante, compositor, guitarrista y cantante español, nació en 1618 o 1619. Ordenado en Roma, en 1644 entró en la capilla del Monasterio de la Encarnación, de Madrid, como tenor. En 1654 y de nuevo en 1655, fue arrestado. Acusado de asalto, robo y asesinato, fue torturado, secularizado y encarcelado” (Alicia Lázaro).

 
El tono humano es una composición profana desarrollada en España en el siglo XVII. El calificativo de “humano” se asigna por contraposición al “tono a lo divino”. En la primera mitad del siglo, los tonos humanos son básicamente polifónicos y en la segunda mitad, tienden a ser monódicos.  Los instrumentos habituales para el acompañamiento de estas piezas eran básicamente dos: la guitarra y el arpa de dos órdenes.

 
La interpretación, espléndida, de “La Galanía” y Raquel Andueza.
 
 

miércoles, 6 de marzo de 2013

Dos formas de homenajear al jazz


Dos formas de homenajear al jazz de dos talentos contemporáneos: el literario de Julio Cortázar y el cinematográfico de Spike Lee, ambos con el saxofón como protagonista.

El propio Cortázar reconoció haber escrito “El perseguidor” al conocer la noticia de la muerte de Charlie Parker. Escrito en primera persona, casi a modo de diario, por Bruno V., crítico de jazz, biógrafo y amigo de Johnny Carter, no deja de ser una biografía ficticia de Charlie Parker (Johnny Carter es Charlie Parker; Lan es Chan; la marquesa Tica es la baronesa Pannonica de Koenigswarter, Nica; y Bee, la hija muerta, es Pree). Parece ser que este relato se adaptó al cine en 1965 (dirigida por el argentino Osías Willensky). No he podido ver esta adaptación, pero sí recomiendo la narración de los últimos años de vida de Johnny Carter, un saxofonista “que quiere moverse en un tiempo diferente al común a través de la música. Como contrapartida, el narrador -Bruno- pretende llenar las páginas en blanco con lo que siente al escuchar sus temas preferidos. Uno improvisa, lleva una vida desordenada de drogas y alcohol. Otro, metódico, representa la realidad, la estabilidad de un trabajo más o menos rutinario, casado, y de un cierto puritanismo que él mismo reconoce. La libertad y las cadenas se miran de frente y dialogan a través de la escritura y el sonido”, como explica Albert Lladó en Revista de Letras.

Y cuando Johnny se pierde como esta noche en la creación continua de su música, sé muy bien que no está escapando de nada. Ir a un encuentro no puede ser nunca escapar.
 
(Bruno V.).

En "Mo´ better blues," el protagonista es Bleek Gilliam (fantástico Denzel Washington), trompetista de estricta formación, que lidera junto al saxofonista Shadow Henderson (sorprendente Wesley Snipes) un quinteto de jazz que actúa en un club de los bajos fondos bajo la gestión de un agente adicto a las apuestas (el propio Spike Lee) llamado Giant.

Inolvidable la escena en la que Gilliam y su banda interpretan este sencillo pero delicioso tema de Branford Marsalis:


jueves, 28 de febrero de 2013

miércoles, 20 de febrero de 2013

Barroco-pop: Aria sopra la Bergamasca de Marco Uccelini, por Giovanni Antonini.

 Il Gentilleschi. La tañedora de laúd.
 
 
Desde comienzos del XVII, la música de cámara entró a formar parte del repertorio de Palacio, ejecutada por profesionales o por nobles aficionados. Pronto se fijaron algunas formas y surgieron combinaciones instrumentales cuyo objetivo era la expresión de las más variadas emociones: el compositor barroco pretendía “mover los afectos” (Descartes sintetizó cinco tipos de afectos básicos: admiración, odio, deseo, alegría y tristeza); según esta “doctrina de los afectos”, se representaban en música las pasiones y los sentimientos: el modo mayor, la consonancia; el registro agudo y el tempo rápido para expresar alegría; el modo menor, la disonancia; el registro grave y el tempo lento, para representar la tristeza. Interpretativamente, el legato para la tristeza, el stacatto para la alegría, etc. Con tanta variedad, el arte barroco es vital, todo contraste: la calma en la agitación. Así, surgieron danzas y piezas elaboradas sobre bajos ostinatos, esquemas que se repetían cada cierto número de compases, acompañando a unas melodías que se enriquecían en cada repetición. A partir de estos modelos de origen italiano, todos los grandes músicos elaboraron sus propias composiciones.

Es el caso de esta deliciosa pieza de Marco Uccelini, sacerdote, compositor y violinista italiano del XVII que llegó a ser maestro de capilla en Módena y Parma, cuya obra es muy poco conocida. Los instrumentos que se utilizan en esta espléndida versión son: dos violines (Enrico Onofri, Marco Bianchi), violonchelo (Paolo Beschi), ceterone (Luca Pianca) y arpa (Cristina Pluhar). Giovanni Antonini, director de Il Giardino Armonico, demuestra que los criterios historicistas y la apertura de miras no están reñidas. La fantasía al poder.

lunes, 18 de febrero de 2013

La verdad en la vida y la vida en la verdad.

 
«Y bien, se me dirá, ¿cuál es tu religión? Y yo responderé: mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible -o Incognoscible, como escriben los pedantes- ni con aquello otro de «de aquí no pasarás».
 
Rechazo el eterno «ignorabimus». Y en todo caso quiero trepar a lo inaccesible. «Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto», nos dijo el Cristo, y semejante ideal de perfección es, sin duda, inasequible. Pero nos puso lo Inasequible como meta y término de nuestros esfuerzos. Y ello ocurrió, dicen los Teólogos, con la gracia. Y yo quiero pelear mi pelea sin cuidarme de la victoria. ¿No hay Ejércitos y aun pueblos que van a una derrota segura? ¿No elogiamos a los que se dejaron matar peleando antes que rendirse? Pues ésta es mi religión.
 
En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente resuelta, y como no la tengo, no puedo comunicarla lógicamente, porque sólo es lógico y transmisible lo racional. Tengo, sí, con el afecto, con el corazón, con el sentimiento, una fuerte tendencia al cristianismo, sin atenerme a dogmas especiales de esta o aquella confesión cristiana. Considero cristiano a todo el que invoca con respeto y amor el nombre de Cristo, y me repugnan los ortodoxos, sean católicos o protestantes -éstos suelen ser tan intransigentes como aquéllos- que niegan cristianismo a quienes no interpretan el Evangelio como ellos.
 
Confieso sinceramente que las supuestas pruebas racionales -la ontológica, la cosmológica, la ética, etcétera- de la existencia de Dios no me demuestran nada; que cuantas razones se quieren dar de que existe un Dios, me parecen razones basadas en paralogismos y peticiones de principio. En esto estoy con Kant. Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad y futilez mayores aún que los de sus contradictores. Y si creo en Dios, o por lo menos creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista, y después, porque se me revela, por vía cordial en el Evangelio y a través de Cristo y de la historia. Es cosa de corazón.
 
Lo cual quiere decir que no estoy convencido de ello como lo estoy de que dos y dos hacen cuatro. Si se tratara de algo en que no me fuera la paz de la conciencia y el consuelo de haber nacido, no me cuidaría acaso del problema; pero como en él me va mi vida toda interior y el resorte de toda mi acción, no puedo aquietarme con decir: ni sé ni puedo saber. No sé, cierto es; tal vez no pueda saber nunca, pero «quiero» saber. Lo quiero y basta.
 
Y me pasaré la vida luchando con el misterio y aun sin esperanza de penetrarlo, porque esta lucha es mi alimento y es mi consuelo. Sí, mi consuelo. Me he acostumbrado a sacar esperanza de la desesperación misma. Y no griten ¡paradoja! los mentecatos y los superficiales. No concibo a un hombre culto sin esta preocupación y espero muy poca cosa en el orden de la cultura -y cultura no es lo mismo que civilización- de aquellos que viven desinteresados del problema religioso en su aspecto metafísico y sólo lo estudian en su aspecto social o político. Espero muy poco para el enriquecimiento del tesoro espiritual del género humano de aquellos hombres o de aquellos pueblos que por pereza mental, por superficialidad, por cientifismo, o por lo que sea, se apartan de las grandes y eternas inquietudes del corazón. No espero nada de los que dicen: "No se debe pensar en eso"; espero menos aún de los que creen en un cielo y un infierno como aquel en que creíamos de niños, y espero todavía menos de los que afirman con la gravedad del necio: "Todo eso no son sino fábulas y mitos; al que se muere lo entierran y se acabó"
 
Sólo espero de los que ignoran, pero no se resigna a ignorar; de los que luchan sin descanso por la verdad y ponen su vida en la lucha misma más que en la victoria. Y lo más de mi labor ha sido siempre inquietar a mis prójimos, removerles le poso del corazón, angustiarlos si puedo. Lo dije ya en mi Vida de Don Quijote y Sancho, que es mi más extensa confesión a este respecto. Que busquen ellos como yo busco, que luchen como lucho yo, y entre todos algún pelo de secreto arrancaremos a Dios, y por lo menos esa lucha nos hará más hombres, hombres de más espíritu.» 
 
Miguel de Unanumno. Mi religión y otros ensayos breves (1910), Madrid, Espasa Calpe, 1964 (4ª edición), p. 10-13.